Hay un miedo indomable que se esconde a mis espaldas.
Un miedo que desgarra, que no se nota, ni se huele, ni se ve.
Un miedo que pasa sin avisar y que arrasa por dentro.
Un miedo psicológico, físico e incluso metafísico, que hace tiritar, que derriba la casa soplando.
Un miedo que me susurra cosas malas al oído, al corazón... Un miedo que, lo peor que puede tener, es razón.
Podríamos decir que son los efectos de una bomba atómica llena de dudas e inseguridades.
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