martes, 19 de marzo de 2013

Quédate.

Quiero escudriñarte, conocerte, saber cada ínfima parte de ti, descubrir por qué miras el mundo de esa manera, llegar a la conclusión de tus conclusiones.


No quiero lucharte.
Es decir, no voy a batallar con mi cerebro si él decide pensarte y mucho menos con mi corazón. Yo no me ocupo de las cosas viscerales, yo me encargo de sentirte, como vengo haciendo desde aquel otoño a las puertas del invierno en que corrompiste las hojas aún más.

Tú no sabes lo que es verte despertar, aunque mejor dicho, tú no sabes lo que es despertarte, lo que es desayunar de un soplo, lo terriblemente feliz que me sentí aquella mañana porque te colaste en mi cama y fue en la mía y no en otra. Porque el Sol que te trastocaba la boca entraba por la ventana y no por otra. Porque tu primer "Buenos días" hizo fascinante lo que quedaba del mío y no otro.


Qué feo huir, que mal me sienta engañarme y que lento se me pasa el tiempo en una casa que no viene a cuento si no la cuentas tú.


Yo nos creo.

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