Se me helaron los huesos.
Para eso está el frío ¿no?
No me culpes.
Me hiciste dormir, pero me quitaste los sueños.
Me crujen las paredes de la casa, me resuena tu mirada muda a modo de eco en cada habitación, los espejos reflejan de todo menos tu sonrisa, al polvo hay que llamarlo suciedad y no eso que tú y yo echábamos.
Y ya no sé recrearte, no sé que más atribuirte más que unas ganas infinitas de enseñarte el mundo, de viajar a La Habana, de probarnos en cada colchón, de acompañarte en las dudas, de comernos con helado los domingos, de perder la toalla y de encontrar un baño.
Supongo que este miedo a darme cuenta de que no estás, o que estás a ratos, o que nuestra historia sea una unión de ojalás incumplidos, hace que te escriba lo que nunca hice.
Hace días que me llamo Causa Perdida.
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